📖 Una Pena en Observación por C.S. Lewis ✝️

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Puntuación: 4.5 de 5.

La crudeza del Salmo 22 «Elí, Elí ¿lama sabactani?» – puesta en boca de un hombre del siglo XX – es lo que puedes saborear en este maravilloso libro. Se trata de un breve ensayo autobiográfico sobre el duelo del autor por el fallecimiento de su esposa. 52 páginas desgarradoras en las que C.S. Lewis sobrevive el duelo a la vez que crea y modela una esperanza basada en el cristianismo. La enseñanza del libro es extrapolable a las pérdidas o separaciones afectivas.

Índice

La review en Goodreads

El libro se presenta como paradigma del Salmo 22, en el sentido que comienza con un grito desesperado ante el aparente abandono de Dios. Habla también del poder de la alabanza como forma de unión con lo trascendente. Mi primer Lewis me ha impresionado: es un ensayo claro, bello, profundo y sin artificios, que no se queda en lo metafísico sino que se abaja a lo terrenal de lo afectivo. Según el autor, el mayor regalo del matrimonio es amar la realidad de las personas: con sus barreras, defectos e imprevisibilidad. Es decir, no amar imágenes o recuerdos de nuestra pareja sino su directa e independiente realidad.

El libro se divide en cuatro capítulos. En el primero, el autor comienza describiendo lo inmediato, los síntomas externos del duelo: esa desidia abrumadora que permea todos los ámbitos de la vida, el descuido del aseo corporal, el recuerdo permanente de ella en todo lo que hacemos, la petición de una certeza que confirme que sigue viviendo en el más allá o la pregunta de dónde está Dios en medio de este sufrimiento.

En el capítulo dos, el autor sube un peldaño en la escalera. Ante la ausencia física del fallecido, quedan las imágenes basadas en su recuerdo. La pregunta es ¿dónde está? El autor define la existencia terrena como un «preludio de algo más grande». Ante el duelo afectivo, un sano ejercicio de relativización es siempre purificador. ¿Realmente sería bueno para el fallecido regresar a la realidad terrestre? Es evidente que no volverá – la realidad «nunca toca dos veces la misma melodía» – entonces comenzamos a cuestionar la bondad de Dios atribuyéndole nuestras características de la maldad: ¿realmente Dios es malo o es nuestra percepción?

En el capítulo tres se responde a la pregunta anterior. Nuestro derecho al pataleo es legítimo pero no resuelve nada. Además es egoísta porque sólo buscamos la restauración de nuestro pasado, no el bien del muerto. Se pone en duda la generosidad de nuestro sufrimiento. Sólo Jesucristo llegó a morir por nosotros ¿seríamos capaces de hacer lo mismo por el fallecido? Llegamos a la conclusión de que nuestro dolor terrenal no es puro, no ayuda al muerto: hay que aceptar la realidad, abandonarnos a la voluntad de Dios y dejarlo ir.

En el capítulo cuatro reconocemos los beneficios del sufrimiento, básicamente el crecimiento interior: la continua reconstrucción de la imagen del muerto proporciona una mayor claridad de lo que fue su vida. Es decir, tenemos la ventaja de una realidad iconoclasta que facilita un mejor acercamiento al fallecido y a Dios a través de la alabanza. En este punto, Lewis nos regala una singular experiencia de comunicación extrasensorial con su amada fallecida. Una experiencia carente de toda emotividad basada en el intelecto y la voluntad de la fallecida, le hace ver a Lewis lo equivocado de nuestro conocimiento del universo. El autor es tentado a postular una sociedad basada en la inteligencia. Sospecho que Lewis se refiere al conocimiento que implica el amor verdadero – para amar hay que conocer y se hace a través de la inteligencia.

La humildad ante la pobreza de nuestro intelecto, lleva al autor a reconsiderar la validez de la doctrina cristiana. El silencio y aparente abandono de Dios tienen justificación, Él deja de ser ese «sádico cósmico». Lewis confirma este pensamiento en la reconciliación de su amada con Dios justo antes de que ésta fallezca en su lecho de muerte. Lo que le lleva a concluir el libro con un esperanzador: «¡Qué cruel sería convocar a los muertos caso de que pudiéramos hacerlo!»


Índice del libro

  • Uno
  • Dos
  • Tres
  • Cuatro

Los apuntes tomados durante la lectura

Capítulo Uno

Desidia que inyecta la pena

La pérdida de un ser querido da varias sensaciones: suspense, provisionalidad, asustado, borracho falta interés por los demás. No soporto el baño de autocompasión tergiversa la imagen misma de H. Aprendí a no darle gato por liebre con mis palabras.

Aborrezco hacer el menor esfuerzo. Un hombre desgraciado necesita distraerse, hacer algo que lo saque de sí mismo. Es fácil de entender que la gente solitaria se vuelva poco aseada, y acabe siendo sucia y dando asco.

Cómo podría echar de menos un hombre aperreadamente cansado una manta más cuando la noche está muy fría; seguro que este hombre preferiría quedarse tumbado dando diente con diente antes que levantarse a buscarla.

Pura desidia como efecto del duelo

¿Dónde está Dios?

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Cuando eres feliz, sus llamadas sobre ti como una interrupción, si acaso recapacitas y te vuelves a Él con gratitud y reconocimiento. Pero vete hacia Él cuando tu necesidad es desesperada, encuentras silencio. ¿Por qué es Dios un jefe tan omnipresente en nuestras etapas de prosperidad, y tan ausente como apoyo en las rachas de catástrofe?

Me dicen que lo mismo le ocurrió a Jesucristo. «¿Por qué me has abandonado?» Ya lo sé. ¿Y qué? ¿Se consigue con eso que las cosas se vuelvan más fáciles de entender? La conclusión a que temo llegar no es la de: «Así que no hay Dios», sino la de: «De manera que así es como era Dios en realidad. No te sigas engañando.»

Nuestros mayores se resignaban y decían: «Hágase tu voluntad.» ¿Cuántas veces no habrá la gente sofocado por puro terror un amargo resentimiento, y no se habrá sacado de la manga un acto de amor (sí, un acto, en todos los sentidos) para camuflar la operación?

Claro que resulta muy fácil decir que Dios parece estar ausente en nuestras necesidades más graves porque Él es ausencia, no-existencia. Pero entonces, ¿qué pasa?, ¿por qué se nos antoja tan presente cuando no le echamos de menos?

Nunca podré volver a creer que la religión es una manipulación de nuestros inconscientes y hambrientos deseos, mediante la cual se sustituye al sexo. Si Dios fuera un simple sustituto del amor, habríamos perdido todo interés por Él. Nosotros dos sabíamos que deseábamos algo que estaba por encima del uno y del otro.

Hace años, a raíz de la muerte de un amigo, tuve durante algún tiempo una viva sensación de certeza con respecto a la continuidad de su vida. He implorado que se me concediera ahora por lo menos una centésima parte de esa misma certeza en el caso de H. No ha habido respuesta. Solamente el cerrojazo en la puerta, el telón de acero, el vacío, el cero absoluto. «A los que piden, no se les dará.» Pensaría que era una autosugestión provocada por mi propia plegaria.

Mantener las promesas hechas a un muerto: sus presuntas ataduras se irían convirtiendo en un disfraz cada vez más sofocante de mi propio ser.

El problema del recuerdo

A los niños no puedo hablarles de ella. Están deseando que me calle. Mis recuerdos les resulta embarazosos. La vergüenza, hasta cuando se da en forma torpe e inadvertida, es mucho más eficaz para impedir los actos buenos.

Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella. Es decir en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir considerando el hecho de que sufre. Yo cada uno de mis días interminables no solamente lo vivo en pena, sino pensando en lo que es vivir en pena un día detrás de otro.

Necesitaría alguna droga, y por ahora leer no es una droga lo bastante fuerte. Escribiendo para echarlo todo fuera. Resulto un estorbo para todo el mundo.

Los sitios donde H. y yo fuimos felices

La ausencia de H. no cobra mayor énfasis en los lugares que digo que en otro cualquiera. El acto de vivir se ha vuelto distinto por doquier. Su ausencia es como el cielo, que se extiende por encima de todas las cosas.

El cuerpo

El cuerpo se convierte en una casa vacía. Nunca se encuentra uno precisamente con el cáncer o la guerra o la infelicidad (ni tampoco con la felicidad). Solamente se encuentra uno con cada hora o cada momento que llegan. Con toda clase de altibajos: no abarcamos nunca el impacto total de lo que llamamos «la cosa en sí misma».

Pero no, no tan unidos. Existe un límite marcado por la «propia carne». No puedes compartir realmente la debilidad de otra persona, ni su miedo, ni su dolor. Cuando hablo de miedo me refiero al miedo puramente animal, al rechazo del organismo frente a su destrucción, a un sentimiento sofocante, a la sensación de ser un ratón atrapado en una ratonera. Esto no puede transferirse a otro. La mente es capaz de solidarizarse con ello.

Era yo pues bien miserable; que por fuerza lo es el alma que vive presa en la amistad de las cosas mortales y se desgarra cuando las pierde. Lloraba con inmensa amargura, pero en la amargura misma encontraba descanso. Y tan miserable era, que más aún que a mi dilecto amigo muerto amaba yo mi propia mísera vida; pues aunque hubiera querido cambiar la condición de mi vida, no quería perderla como lo perdí a él. Ni siquiera sé si de veras estaba dispuesto a perderla por él.

San Agustín – Confesiones (libro 4, capítulo 6)

Yo tenía mis miserias, no las suyas; ella tenía las suyas, no las mías. El final de las suyas habría de dar paso a la llegada de las mías. Estábamos partiendo hacia diferentes rutas. Esta verdad velada, esta terrible regulación del tráfico («usted, señor, por la izquierda») marca precisamente el comienzo de la separación que supone la muerte misma.

Todos los amantes estén abocados a tal separación. Tiempo, espacio y cuerpo eran los verdaderos elementos que nos unían. ¿Es que Dios es un payaso que te arrebata sin más tu cuenco de sopa para reemplazártelo acto seguido por otro cuenco lleno de la misma sopa? Ni siquiera la naturaleza hace estas payasadas. Nunca toca dos veces la misma melodía.

Aguantar a esa gente que te dice: «La muerte no existe»

Si me fuera permitido rebuscar en toda esa infinidad de espacios y tiempos del universo, nunca volvería a encontrar en ninguna parte el rostro de ella, ni su voz, ni su tacto. Murió. Está muerta. Los rostros de los seres a quien mejor hemos conocido, quedan confundidas en un simple borrón. Pero su voz está todavía viva.

Dos

Construyendo una imagen distorsionada de ella

Estoy pensando en ella casi siempre. Mi mente construye continuamente mediante recuerdos una imagen de ella. No es real es una distorsión formada por pequeños copos de mí, de mis impresiones, de mis propias selecciones, se van posando sobre la imagen de ella. Al final, la silueta real quedará bastante camuflada.

Sus reproches eran un regalo

Ya no está aquí para hacerme un chequeo, para agarrarme por las solapas, como ella, la real H., hizo tantas veces, tan de sopetón, a base de ser tan palmariamente ella y no yo. El regalo más precioso que me hizo el matrimonio fue el de brindarme un choque constante con algo muy cercano e íntimo pero al mismo tiempo indefectiblemente otro y resistente, real.

La ilusión de los cementerios

Los cementerios, era y sigue siendo sencillamente odioso y hasta inconcebible. La Madre se había convertido para él en una cama florida de seis pies por tres. A eso se reducía el símbolo de ella. La imagen hace lo que uno le mande. Sonreirá o fruncirá la frente, será tierna, alegre, descarada o discutidora, según se lo vayan pidiendo mis humores.

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Siempre he sido capaz de rezar por los demás muertos, y todavía lo hago, con algo de fe. Pero cuando intento rezar por H., me sobresalto. La confusión y el trastorno se me vienen encima. Tengo una cadavérica sensación de irrealidad, de estar hablando al vacío sobre una entelequia. Las razones de la diferencia están muy claras. Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte.

«¿Dónde está ella ahora?»

Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será? La gente buena me suele decir: «Está con Dios.» En cierto sentido, esto es lo más probable. Ella, como Dios, es incomprensible e inimaginable.

Relativizando nuestras existencias

Vamos a suponer que las vidas terrenales que ella y yo compartimos durante unos pocos años no sean en realidad más que el fundamento, el preludio o la apariencia terrena de otros dos algos inimaginables, supercósmicos y eternos. Estos algos podrían ser representados como esferas o globos. Por donde el plano de la Naturaleza los atraviesa, aparecen como dos círculos o rebanadas de esfera. Dos círculos que se tocaban. Pues bien, estos dos círculos y sobre todo el punto en que se tocaban, es lo que realmente echo de menos, de lo que tengo hambre, por lo que llevo luto. Me decís: «Se ha ido». Pero mi corazón y mi cuerpo están gritando «¡Vuelve, vuelve! Vuelve a ser un círculo que toca el mío en el plano de la Naturaleza».

El tiempo es otra forma de nombrar a la muerte

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Decir «H. se ha muerto» es decir «Todo aquello se acabó». Forma parte del pasado. Y el pasado es pasado, que no otra cosa quiere decir el tiempo, porque el tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte, y el mismo cielo una región donde han ido a parar las cosas de antaño, al fallecer.

Algunos creen en el galimatías de las reuniones familiares en el más allá descritas en términos totalmente terrenales. Pero todo esto es contrario a las Sagradas Escrituras, está sacado de malos himnos y litografías. No existe en la Biblia una sola palabra acerca de ello. Y suena a hueco. Sabemos que no puede ser así, que la realidad nunca se repite.

La fe fuerte de San Pablo: Dios como meta

«No te aflijas como los que no tienen esperanza.» son unas palabras evidentemente dedicadas a los mejores. Lo que dice San Pablo solamente puede confortar a quien ame a Dios más que a sus muertos y a sus muertos más que a sí mismo.

Al perder el principal motivo de su felicidad, el único natural, no ha perdido algo que vale mucho más, el poder conservar su esperanza de «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre». Consolarse en el espíritu imperecedero de «Dios como meta».

La bondad de Dios

Se dice descanse en paz. Pero ¿cómo estamos seguros de que nuestra angustia no acaba en la muerte? Si la bondad de Dios no es consecuente con el daño que nos inflige, una de dos: o Dios no es bueno, o no existe; porque en la única vida que nos es dado conocer nos golpea hasta grados inimaginables, nos hace un daño que supera nuestros más negros presagios.

A veces resulta difícil no decir: «Dios perdona a Dios», y otras lo que resulta difícil es llegar a decir tanto. Porque Él, si nuestra fe no nos engaña, no fue tal cosa lo que hizo. Se crucificó a Él mismo.

Realidad insoportable

¿Quién va a tener ganas de ver esta realidad insoportable y tomarse la molestia de sacarla a la luz, si nada nos obliga a hacerlo, si a su vista se abren incurables llagas en el corazón? ¿Quién? Pues gente como la misma H., que estaba empeñada en alcanzar la verdad a toda costa. Si H. no existe, entonces es que nunca existió. Confundí una nube de átomos con una persona. No existe nadie, nunca existió nadie. Solamente la muerte revela una vacuidad que siempre estuvo ahí. Lo que llamamos seres vivientes son sencillamente aquellos que todavía no han sido desenmascarados.

Dudas razonables ¿un Dios malo o nos lo parece?

El libro de Job es la respuesta. Dios no es malo: crea seres libres

Me asusta la idea de ser ratones de un laboratorio. Podemos oponer a Jesucristo a esta idea pero y si se equivocó en el último momento. Acababa de entender que el Ser Supremo a quien llamaba Padre era infinita y tremendamente diferente de lo que Él había imaginado. Recuerdo de todas las plegarias que H. y yo alzamos al cielo y todas las falsas esperanzas durante su terapia contra el cáncer.

¿Es racional creer en un Dios malo? ¿O en ese caso en un Dios sumamente malo, un Sádico del Cosmos, un imbécil cargado de rencor? Dios –y en eso se revelan verdaderos nuestros más crudos temores–posee todas las características que atribuimos a los malos: irracionalidad, vanidad, revanchismo, injusticia, crueldad. Pero todos estos puntos negros (tal como aparecen ante nosotros) son realmente luminosos. No es más que nuestra depravación lo que hace que nos parezcan negros. ¿Y entonces qué? A efectos prácticos y especulativos, eso es como borrar a Dios de la pizarra. La palabra «bueno», aplicada a Él, se vacía de sentido. Si las ideas de Dios sobre lo bueno son tan diferentes de las nuestras, lo que Él llama Cielo bien puede corresponder a lo que nosotros llamaríamos Infierno.

Tres

Sufrimiento para conocerse con restauraciones de fe

El trabajo y conversación ayudan a olvidar a H. Racionalmente no ha pasado nada que no estuviera programado en cursos matrimoniales: sufrimiento hasta el fin. Mi fe contaba con estas cosas pero era sólo un espejismo. Solamente la tortura saca a la luz la verdad. Sólo bajo tortura podrá el hombre descubrirse a sí mismo. Si mi casa era un castillo de naipes, cuanto antes me lo derribaran, mejor. Y ese derribo no lo logra más que el sufrimiento.

El pataleo no arregla nada

La vida es una continua restauración de la fe. Tenemos derecho al pataleo, echarle en cara el sufrimiento a Dios como desahogo, pero eso no arregla nada. El quid de la cuestión está en saber si es un veterinario o un disecador. Los malos modos del gato no arrojan luz sobre la cuestión ni en un sentido ni en otro. Y yo puedo atribuirle a Dios el papel de veterinario cuando pienso en mis propios sufrimientos. La cosa se pone más difícil cuando pienso en los de ella.

¿Qué es la pena comparada con el dolor físico? Digan lo que digan los necios, el cuerpo puede llegar a sufrir veinte veces más que el alma. La mente siempre tiene alguna capacidad de evasión.

¿Resurrección buena para los muertos o egoísmo nuestro?

¿Qué clase de amante soy yo, pensando tan sin cesar en mis tribulaciones y tan poco en las de ella? Hasta cuando la llamo locamente y le pido «¡Vuelve!», lo hago de forma egoísta. Nunca se me ha ocurrido plantearme la cuestión de si esa vuelta, caso de ser posible, sería buena para ella. Necesito su vuelta como un ingrediente para la restauración de mi pasado.

¿Cabría desear por mi parte algo peor para ella? ¿Haber alcanzado la meta una vez, a través de la muerte de nuevo? Dicen que San Esteban fue el primer mártir. Decir esto, ¿no es tratar injustamente a Lázaro? Mi amor por H. y mi fe en Dios eran de una calidad muy parecida. Eran un castillo de naipes.

Tortura necesaria para crecer

Si interrumpiese la operación antes de darla por concluida, todo el dolor padecido hasta ese momento no habría servido para nada. Pero ¿es posible creer que una tortura llevada a tales extremos le venga bien a nadie? En fin, cada uno que piense lo que quiera. Las torturas tienen lugar. Si son innecesarias, es que no existe Dios o que el que hay es malo. Si existe un Dios bienintencionado, será que esas torturas son necesarias. Porque ningún Ser medianamente bueno podría infligirlas o permitírselas.

Cristo realmente sufrió por nosotros

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Si de repente «sufrir en vez de ella» se convirtiera en una posibilidad real, entonces por primera vez nos daríamos cuenta de la importancia de su significado. ¿Se nos ha permitido esto alguna vez? Se le permitió a una Persona, según nos han contado, y me doy cuenta de que ahora puedo volver a creer que Él hizo en nombre de otro todo lo que es posible hacer en ese sentido. Y Él contesta a nuestro balbuceo: «No puedes y no te atreves. Yo pude y me atreví».

Abandonarse y capacidad de recibir para ser rescatado

Días de alivio tras recuperación de agotamiento emocional. No somos propiamente capaces de ver nada cuando tenemos los ojos enturbiados por las lágrimas. Los momentos en que el alma no encierra más que un puro grito de auxilio deben ser precisamente aquellos en que Dios no la puede socorrer. Igual que un hombre a punto de ahogarse al que nadie puede socorrer porque se aferra a quien lo intenta.

También hay que tener capacidad para recibir; si no, ni la omnipotencia sería capaz de dar. Seguramente es la propia pasión lo que destruye temporalmente esa capacidad.

Empiezo a entender por qué la pena se siente como una expectativa. Procede de la frustración de tantos impulsos que se han hecho habituales. Todos mis pensamientos, sentimientos y acciones, uno por uno, tenían a H. por objeto.

Duelo necesario para hacerme ver realidad

Una buena esposa ¡contiene en su entraña tantas personas! Si no nos hubiéramos enamorado hubiéramos sido grandes amigos. Ella tenía virtudes masculinas y era amiga, madre, amante, etc. Nos complementamos muy bien pero el duelo forma parte integral y universal de la experiencia del amor.

Dios no ha estado ensayando un experimento sobre mi fe o mi amor con vistas a poner en claro su calidad. Esa calidad ya la conocía Él. Era yo quien no la conocía. En este juicio Dios nos obliga a ocupar al mismo tiempo el banquillo de los acusados, el escaño de los testigos y el tribunal. Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratarlo.

Llevad duelo con abandono y alegría

El muerto nos dice que nuestro duelo le acarrea a él alguna especie de daño. Nos suplica que lo demos por terminado. Volver a ella con alegría las más veces que pueda. Hasta saludarla con una sonrisa. Cuando menos la lloro, más cerca me parece sentirla. Infierno de la herida reciente; las palabras insensatas, el amargo resentimiento, el mariposeo en el estómago, la irrealidad de pesadilla, el baño de lágrimas.

Cuatro

El dolor trae claridad y abre el conocimiento

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Mis años de amor y matrimonio pudieran aparecer retrospectivamente como un episodio encantador –como unas vacaciones– que hubieran interrumpido brevemente mi interminable vida, devolviéndome luego inalterado a la normalidad. Llegaría a parecer irreal. Con lo cual H. moriría para mí por segunda vez: una aflicción peor que la primera. Todo menos eso. ¿Te diste cuenta en algún momento, amor mío, de lo mucho que te llevaste contigo al morir? Me despojaste hasta de mi pasado, hasta de las cosas que nunca compartimos.

Y sin embargo, existen dos ingentes beneficios. Mi pensamiento, cuando se vuelve hacia Dios, ya no se encuentra con aquella puerta del cerrojo echado. Y cuando se vuelve hacia H. ya no se encuentra con aquel vacío, con aquel embrollo de mis imágenes mentales sobre ella.

Alabanza como forma de acercarse a Dios y los muertos

Alabar es una forma de amor que siempre contiene ciertos elementos de júbilo. Alabar como es debido, a Dios como benefactor, a ella como beneficio. ¿No disfrutamos en cierta manera de lo que alabamos, por lejos que podamos tenerlo, al cantar sus alabanzas? Pero mediante la alabanza, aún puedo, en alguna medida, gozar de ella y de Él. Y así tanto de ella como de cualquier cosa creada que yo pueda alabar debería decir: «En cierta manera es única, como lo es Quien la hizo.»

¿Será acaso porque el amor pasa de quien alaba a quien oye la alabanza? De ninguna manera; pero el amor de uno enciende el amor en otro. Se ama al ausente porque las alabanzas que se le dedican parecen sinceras y brotadas del corazón, que es siempre el caso cuando alaba el que ama. Era así como amaba yo entonces a los hombres, movido por el juicio de otros hombres y no por el tuyo. Así es, Señor, como yace enferma el alma cuando todavía no se funda en la solidez de la verdad: se deja mover según sopla el viento de las opiniones humanas.

San Agustín – Confesiones (libro 4, capítulo 14)

La experiencia de anoche: ella en manos de Dios manda mensaje no emotivo. Podríamos estar equivocados con nuestra realidad

Sólo puede ser descrito con símil. Hombre en medio de la oscuridad – quizás en un sótano – oye ruido lejano. Puede ser árboles o rebaño – está libre. O bien risa sofocada – amigo junto a él. En cualquier caso el sonido es muy bueno. Es simplemente el salto a una actividad imaginativa que en teoría siempre habría estado dispuesto a admitir: la idea de que yo o cualquier mortal, en cualquier momento, puede estar rematadamente equivocado con respecto a la situación por la que realmente está pasando.

¿Qué porcentaje de realidad total puede llegar a ser penetrado? Las imágenes, ya sean sobre el papel o dentro de la mente, no tienen importancia en sí mismas, son meros eslabones.

Idea del amor y de Dios iconoclasta: realidad reconstruyéndose con imágenes. Amar lo real no imágenes

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Mi idea de Dios no es una idea divina. Hay que hacerla añicos una vez y otra. La hace añicos Él mismo. Él es el Gran Iconoclasta. ¿No podríamos incluso decir que su destrozo es una de las señales de su presencia? La Encarnación es el ejemplo por excelencia; reduce a ruinas todas las nociones previas que del Mesías pudieran tenerse.

Así iba cargando mi alma destrozada y sangrante, que no se dejaba cargar, y yo no sabía en dónde ponerla. A ti, Señor, debía ser elevada para ser curada. Yo sabía esto, pero ni quería ni podía; cuando pensaba en ti no eras para mí algo firme y sólido, sino un vacío fantasma. Pero eso, fantasma era, no tú; y mi error era mi dios. Era yo para mí mismo un lugar de desdicha en el cual no podía estar y del cual no me podía evadir. ¿Cómo podía mi corazón huir de sí mismo, y adónde iría yo que él no me siguiera?

San Agustín – Confesiones (libro 4, capítulo 7)

Toda la realidad es iconoclasta. La Amada terrenal, incluso en vida, triunfa incesantemente sobre la mera idea que se tiene de ella. Y quiere uno que así sea. Se la quiere con todas sus barreras, todos sus defectos y toda su imprevisibilidad. Es decir, es su directa e independiente realidad. Y esto, no una imagen o un recuerdo, es lo que debemos seguir amando, después de que ha muerto. Pero «esto» resulta ahora inimaginable. En este sentido H. y todos los muertos son como Dios. En este sentido, amarla a ella se ha convertido, dentro de ciertos límites, como amarle a Él. En los dos casos tengo que hacer que el amor abra sus brazos y sus manos a la realidad (sus ojos aquí no cuentan), a través y por encima de toda la cambiante fantasmagoría de mis pensamientos, pasiones e imaginaciones. No debo conformarme con la fantasmagoría misma y adorarla en lugar de Él o amarla en lugar de ella.

Los milagros del amor: aceptar defectos para seguir amando

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Se cree a veces que los muertos nos están mirando. Y pensamos, con razón o sin ella, que, si nos miran, lo harán con mucha mayor claridad que antes. ¿Se dará cuenta ahora H. de cuánto espumarajo y oropel había en lo que tanto ella como yo llamábamos «mi amor»? Así sea. Mírame sin piedad, querida. Ni aunque pudiera hacerlo me escondería. No solíamos idealizarnos uno a otro. No teníamos secretos uno para el otro. Conocías de sobra mis rincones más putrefactos. Si ahora descubres algo aún peor, soy capaz de soportarlo. Y tú también. Rebate, explícate, búrlate de mí, perdóname. Porque este es uno de los milagros del amor; que consigue dar a la pareja –pero quizá más aún a la mujer– el poder de penetrar en sus propios engaños, y a pesar de todo no vivir desengañada.

Uno de los milagros del amor es tener una visión un poco parecida a la de Dios. El amor de Dios y su sabiduría no se diferencian entre sí ni de Él mismo. Casi podríamos decir que ve porque ama, y por lo tanto que ama, a pesar de que ve.

La idea de Dios: Dios como meta, no camino

Parecía acercarme a Dios por interés de ver a mi amada H. Si te acercas a Él no tomándolo como meta sino como camino, no como fin sino como medio, no te estás acercando para nada a Él.

Pregunto a Dios cosas del tipo: si hubiera podido curar su cáncer a costa de no volverla a ver, me las habría arreglado. ¿Puede un mortal hacerle a Dios preguntas que para Él no tengan respuesta? Todas las preguntas disparatadas carecen de respuesta. ¿El amarillo es cuadrado o redondo? Dios responde con silencio como queriendo decir: «calla hijo, no entiendes». Lo más probable es que la mitad de las cuestiones que planteamos, la mitad de nuestros problemas teológicos y metafísicos sean algo por el estilo.

La experiencia de anoche: los muertos son puro intelecto

Fue una experiencia carente de emotividad. Tuve la impresión de que el intelecto de H. se enfrentaba con el mío. Parecido a una llamada telefónica o telegrama para resolver una cuestión práctica. No porque encerrase ningún mensaje, simplemente inteligencia y atención. No entrañaba sensación de alegría ni de tristeza. Ni siquiera amor, tal como se entiende comúnmente. Ni desamor tampoco. Nunca, bajo ningún estado de ánimo, pude imaginarme que los muertos fueran tan al grano. No obstante, se produjo una suprema y jubilosa intimidad. Una intimidad que no se había abierto camino ni a través de los sentidos ni a través de las emociones.

Si esto fue un vómito de mi inconsciente, quiere decir que mi inconsciente debe ser un terreno muchísimo más interesante de lo que me habían hecho suponer los psicólogos de lo profundo. Para empezar parece ser mucho menos elemental que mi consciente. Viniese de donde viniese, ha operado en mi mente una limpieza a fondo. Los muertos puede que sean eso: puro intelecto. Un filósofo griego no se habría extrañado de una experiencia del tipo de la mía. Habría dado por supuesto que si algo queda de nosotros después de la muerte, sería precisamente eso. Hasta ahora una cosa así me había parecido una idea de lo más árida y escalofriante.

Sociedad basada en inteligencia, firmeza, confianza y voluntad

La intimidad era completa sin necesidad de ella, incluso intensamente tonificante y restablecedora. Me pregunto si no consistirá el amor en este tipo de intimidad. El amor en vida va siempre acompañado de emoción, pero no porque sea una emoción en sí mismo ni porque necesite ir acompañado de ella, sino porque nuestras almas animales, nuestro sistema nervioso y nuestra imaginación se ven precisados a responder al amor de esa manera. Si esto es así, ¡cuántos prejuicios tengo que borrar!

Una sociedad, una comunión, basada en la pura inteligencia no tendría por qué ser fría, desolada e inhóspita. Claro que tampoco resultaría ser eso a lo que la gente se refiere cuando usa palabras como espiritual, místico o sagrado. Si yo pudiera tener un atisbo de ello sería como…; bueno, casi me da miedo echar mano de los adjetivos que puedo utilizar. ¿Enérgico? ¿Entusiasta? ¿Atinado? ¿Alerta? ¿Intenso? ¿Despierto? No sé, por encima de todo, sólido. Totalmente de fiar. Firme. Los muertos no se andan con tonterías.

Cuando digo «intelecto», incluyo la voluntad. La atención es un acto de voluntad. La inteligencia en acción es voluntad por excelencia. Lo que me dio la impresión de que venía mi encuentro estaba lleno de resolución.

Promesa final con voluntad y esperanza en resurrección

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En una ocasión, cuando ya se acercaba su final, le dije: «Si puedes, si te dejan, ven junto a mí cuando yo también esté en mi lecho de muerte.» «¿Dejarme? –me contestó–. Trabajo le va a costar al Cielo retenerme. Y en cuanto al Infierno, lo rompería en pedazos.» Sabía que estaba usando una especie de lenguaje mitológico, del que no estaba ausente incluso un ingrediente de comedia. Había un centelleo en sus ojos, pero también lágrimas. No obstante, por lo que se refiere a la voluntad no había ni mitificación ni broma; era un sentimiento más profundo que cualquier otro de los que la estaban traspasando.

Pero el hecho de haber alcanzado un grado menor de malentendido sobre lo que debe ser la inteligencia pura, no ha de hacerme llevarlo demasiado lejos. También cuenta, valga lo que valga, la resurrección de la carne. No somos capaces de entender. Puede que lo que menos entendamos sea lo mejor.

¿No se ha debatido ya, en tiempos, si la visión final de Dios era más un acto de inteligencia que de amor? Ésta es probablemente otra de esas preguntas disparatadas. ¡Qué cruel sería convocar a los muertos caso de que pudiéramos hacerlo! Ella dijo, no dirigiéndose a mí, sino al sacerdote: «Estoy en paz con Dios.» Y sonrió. Pero no me sonreía a mí. Poi si tornò all’terna fontana.

Dichoso el que te ama a ti, y a su amigo en ti, y a su enemigo en ti; pues el único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquél que no se pierde. ¡Oh Dios de las virtudes, conviértenos a ti, muéstranos tu rostro, y seremos salvos! (Sal 79,4) Porque adondequiera que se vuelva el alma del hombre fuera de ti, queda inmóvil en el dolor, aunque se detenga en cosas bellas fuera de ti y fuera de él mismo, cosas que sin ti nada serían.

San Agustín – Confesiones (libro 4, capítulo 9)

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