✍🏻 Las parábolas: sabiduría encapsulada en el tiempo ⏳

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¿Crucificar a un tipo que cuenta inocentes metáforas? ¿Qué vieron las autoridades del Sanedrín para condenarlo? Nos encontramos ante los mensajes más impactantes y sorprendentes de Jesucristo. Un lenguaje ingenioso y original, de una humildad inédita hasta entonces. Palabras a modo de semillas, que necesitan morir para ser fecundas. Una teología que, desde el pasado, entronca con nuestra realidad. Que penenetra en lo más íntimo del alma, abriéndonos de la puerta de nuestros demonios para afrontarlos y ensanchar nuestro corazón. Dignos mensajes de alguien que no es de este mundo.

El gancho

Me introduje en el apasionante mundo de las parábolas a través de una amiga perteneciente a la Iglesia Ortodoxa Rusa. Se trata de una confesión que destaca por la firmeza y devoción en sus creencias, que se parecen a las de la Iglesia Católica Romana. En algunos casos sus dogmas han podido convencerme, como el «alégrate llena de gracia». Otros dogmas los cogen con una pinza, como «sobre ti edificaré mi Iglesia». Pero esto es otro debate. Lo importante es que ella me introdujo a la sabiduría de estos relatos. Lo aquí expuesto está basado en el libro de Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret: del bautismo a la Transfiguración. Se trata de un resumen y mis pensamientos sobre el capítulo 7.

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Puntuación: 5 de 5.

Naturaleza y finalidad de las parábolas

Antecedentes

La comparación de las parábolas de Jesús con el lenguaje figurado del apóstol Pablo o con las semejanzas utilizadas por los rabinos deja ver una «marcada originalidad personal, una claridad y sencillez singular, una inaudita maestría de la forma». En las parábolas —teniendo en cuenta también la singularidad lingüística, que deja traslucir el texto arameo— sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba.

Diferencia alegoría-parábola. Las parábolas no son alegorías, sino un fragmento de vida real en el que se trata de reflejar sólo una idea —y aun ésta entendida en su forma más común—, un único «punto dominante»

Abarca los más diversos géneros: la parábola, la comparación, la alegoría, la fábula, el proverbio, el discurso apocalíptico, el enigma, el seudónimo, el símbolo, la figura ficticia, el ejemplo (el modelo), el motivo, la justificación, la disculpa, la objeción, la broma.

Errores de interpretación

Las parábolas se han malinterpretado en dos aspectos:

  • Límites de la exegesis liberal. Ya hemos visto a propósito del Sermón de la Montaña que este tipo de interpretación, que hace de Jesús un moralista, el maestro de una moral ilustrada e individualista (humanismo religioso, apóstol del progreso), no obstante la importancia de las perspectivas históricas, resulta insuficiente desde el punto de vista teológico y no se acerca en absoluto a la figura real de Jesús.
  • Si Jülicher, según el espíritu de su tiempo, había considerado el «punto dominante» desde una perspectiva completamente humanista en la práctica, más tarde se lo identificó con la escatología inminente, lo cual es un error.

Cada parábola tiene su propio contexto y, así, también su propio mensaje. Realmente son «Escatología que se realiza»: Jesús, el que ha llegado, es también a lo largo de toda la historia el que llega; es de esta «llegada» de la que, en el fondo, nos hablan las parábolas. El Reino de Dios se «realiza» en la venida de Jesús.

Podemos interpretar todas las parábolas como invitaciones ocultas y multiformes a creer en Él como al «Reino de Dios en persona».

Fracaso como fuente de fecundidad

Sólo a través de su fracaso las palabras resultan eficaces. El destino de Jesucristo: la cruz. Pero precisamente de la cruz se deriva una gran fecundidad. Hay una relación con la Parábola del Sembrador. Sale a relucir la imagen de la semilla. El tiempo de Jesús, el tiempo de los discípulos, es el de la siembra y de la semilla. El «Reino de Dios» está presente como una semilla.

El Domingo de Ramos, el Señor ha resumido las diversas parábolas sobre las semillas y desvelado su pleno significado: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). En la cruz se descifran las parábolas. Jesús no es sólo el sembrador que siembra la semilla de la palabra de Dios, sino que es semilla que cae en la tierra para morir y así poder dar fruto.

Dimensión humana

Las parábolas tienen una dimensión teológica, manifestada en las Escrituras — leemos la Biblia, y especialmente los Evangelios, como una unidad y una totalidad que, aun con todos sus estratos históricos, expresa un mensaje intrínsecamente consecuente.

Las parábolas tienen también una dimensión humana:

Cada educador, cada maestro que quiere transmitir nuevos conocimientos a sus oyentes, recurrirá alguna vez al ejemplo, a la parábola. Mediante el ejemplo, acerca al pensamiento de aquellos a los que se dirige una realidad que hasta entonces estaba fuera de su alcance. Mostrará cómo, en una realidad que forma parte de su ámbito de experiencias, hay algo que antes no habían percibido. Mediante la comparación, acerca lo que se encuentra lejos, de forma que a través del puente de la parábola lleguen a lo que hasta entonces les era desconocido. Se trata de un movimiento doble: por un lado, la parábola acerca lo que está lejos a los que la escuchan y meditan sobre ella; por otro, pone en camino al oyente mismo.

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Humanamente, las parábolas suponen:

  • Una autosuperación de la imagen elegida en la parábola.
  • La parábola requiere la colaboración de quien aprende, que no sólo recibe una enseñanza, sino que debe adoptar él mismo el movimiento de la parábola, ponerse en camino con ella.
  • Voluntad de dejarse llevar por el movimiento que la parábola exige.

Nos muestra cómo se refleja la luz divina en las cosas de este mundo y en las realidades de nuestra vida diaria. A través de lo cotidiano quiere indicarnos el verdadero fundamento de todas las cosas y así la verdadera dirección que hemos de tomar en la vida de cada día para seguir el recto camino.

Nos muestra a Dios, no un Dios abstracto, sino el Dios que actúa, que entra en nuestras vidas y nos quiere tomar de la mano. A través de las cosas ordinarias nos muestra quiénes somos y qué debemos hacer en consecuencia; nos transmite un conocimiento que nos compromete, que no sólo nos trae nuevos conocimientos, sino que cambia nuestras vidas. Es un conocimiento que nos trae un regalo: Dios está en camino hacia ti. Pero es también un conocimiento que plantea una exigencia: cree y déjate guiar por la fe.

Objeciones

Sólo se considera real lo que se puede probar experimentalmente. Por tanto, menos aún se puede aceptar la exigencia que nos plantea: creer en Él como Dios y vivir en consecuencia parece una pretensión inaceptable. En esta situación, las parábolas llevan de hecho a no ver y no entender, al «endurecimiento del corazón».

Las parábolas son expresión del carácter oculto de Dios en este mundo y del hecho de que el conocimiento de Dios requiere la implicación del hombre en su totalidad, su conversión.

En las parábolas se manifiesta la esencia misma del mensaje de Jesús y en el interior de las parábolas está inscrito el misterio de la cruz.

Relatos de las parábolas de Lucas

La parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37)

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Giacomo Conti. Iglesia de la Medalla Milagrosa, Mesina.

Un maestro de la ley vuelve a poner a prueba a Cristo mediante preguntas. Durante su misión y muerte, tuvo que ver gente que se le acercaba con buena predisposición o sin ella. Cristo ve cierta predisposición a la verdad y le cuenta esta parábola. Cristo emplea una historia extraordinariamente realista. El camino de Jerusalén a Jericó estaba lleno de bandidos.

La cuestión de este texto es ¿Quién es el prójimo? ¿Qué límites hay?Jesús cambia la pregunta: no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como «yo mismo». El amor verdadero va más allá de la mera equidad:

«El amor político del amigo se basa en la igualdad de las partes. La parábola simbólica del samaritano, en cambio, destaca la desigualdad radical: el samaritano, un forastero en Israel, está ante el otro, un individuo anónimo, como el que presta ayuda a la desvalida víctima del atraco de los bandidos. La parábola nos da a entender que el agapé traspasa todo tipo de orden político con su principio del do ut des, superándolo y caracterizándose de este modo como sobrenatural. Por principio, no sólo va más allá de ese orden, sino que lo transforma al entenderlo en sentido inverso: los últimos serán los primeros (cf. Mt 19, 30). Y los humildes heredarán la tierra (cf. Mt 5, 5)» (p. 88s). Una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda.

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Parábola de gran actualidad, nunca pasa de moda. En algunos aspectos, nuestro estilo de vida explota al tercer mundo. Les damos daño espiritual al transmitirles un mundo sin Dios. Damos demasiado poco si sólo damos cosas materiales. En Occidente hay personas explotadas y maltratadas. Las víctimas de la droga, del tráfico de personas, del turismo sexual; personas destrozadas interiormente, vacías en medio de la riqueza material.

Todo esto nos afecta y nos llama a tener los ojos y el corazón de quien es prójimo, y también el valor de amar al prójimo. Pues —como se ha dicho— quizás el sacerdote y el levita pasaron de largo más por miedo que por indiferencia. Tenemos que aprender de nuevo, desde lo más íntimo, la valentía de la bondad; sólo lo conseguiremos si nosotros mismos nos hacemos «buenos» interiormente, si somos «prójimos» desde dentro y cada uno percibe qué tipo de servicio se necesita en mi entorno y en el radio más amplio de mi existencia, y cómo puedo prestarlo yo.

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La parábola del Samaritano es una imagen de la historia universal:

Dios mismo, que para nosotros es el extranjero y el lejano, se ha puesto en camino para venir a hacerse cargo de su criatura maltratada. Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas —en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos— y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados.

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El gran tema de la parábola es el amor verdadero:

Todos estamos «alienados», que necesitamos ser salvados. Por fin descubrimos que, para que también nosotros podamos amar, necesitamos recibir el amor salvador que Dios nos regala. Necesitamos siempre a Dios, que se convierte en nuestro prójimo, para que nosotros podamos a su vez ser prójimos.

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La parábola de los dos hermanos (el hijo pródigo y el hijo que se quedó en casa) y del padre bueno (Lc 15, 11-32)

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El retorno del hijo pródigo. Rembrandt. Museo del Ermitage (San Petersburgo)

La temática de los dos hermanos recorre todo el Antiguo Testamento. Trata de un padre magnánimo que da libertad a su hijo. El hijo marcha a un país lejano que representa el alejamiento interior del Padre.

La parábola representa la rebelión moderna contra Dios. El hijo pródigo sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia. Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo.

El hijo derrocha su herencia, desperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo. Al final ha gastado todo. El que era totalmente libre ahora se convierte realmente en siervo. Este hombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia. El cerdo para los judíos representa la máxima alienación y empobrecimiento del hombre.

El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud.

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El hijo pródigo recapacita y se convierte. Vuelve a casa, que representa una «conversión», el sufrimiento y la purificación. El padre ve al hijo «cuando todavía estaba lejos», sale a su encuentro. Celebra banquete que es la Eucaristía. Le da su mejor traje. El hijo pródigo es el nuevo Adán, vestido de la gracia.

Lo esencial del texto es la figura del Padre. Actúa con «compasión». El corazón de Dios transforma la ira y cambia el castigo por el perdón. Actúa como ningún hombre podría actuar.

¿Dónde queda Cristo? No es el brazo del Padre al abrazar. Es una representación alegórica que va mucho más allá del texto. A través de la figura del Padre, Cristo aparece en el centro de esta parábola como la realización concreta del obrar paterno.

Figura del hermano mayor amargado con su idea de justicia. Hay una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino.

El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo.

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El texto se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico. Cristo trata de conquistar el corazón de sus adversarios:

Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con la bondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padre las dice Él mismo a las personas piadosas.

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El Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.

Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31)

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Jacopo da Ponte. Museo del Prado (Madrid)

Saca a relucir la aparente inteligencia de los ricos y exitosos. Puesta a la luz de la verdad, es necedad, ignorancia y ser como un animal.

En este relato el Señor nos quiere introducir en ese proceso del «despertar» que los Salmos describen. No se trata de una condena mezquina de la riqueza y de los ricos nacida de la envidia. En los Salmos que hemos considerado brevemente está superada la envidia; más aún, para el orante es obvio que la envidia por este tipo de riqueza es necia, porque él ha conocido el verdadero bien. Tras la crucifixión de Jesús, nos encontramos a dos hombres acaudalados —Nicodemo y José de Arimatea, que han encontrado al Señor y se están «despertando».

Jesús utiliza la descripción clásica judía para el Más Allá. Confirma la existencia de un estado intermedio provisional (Hades) entre la vida y el infierno. La parábola es una respuesta a la petición de signos de la existencia del infierno. La respuesta es clara: quien no crea en la palabra de la Escritura tampoco creerá a uno que venga del más allá.

Cristo demostró nuestra falta de fe en la resurrección de Lázaro de Betania. Tras hacer el milagro, se reúne el Sanedrín y se decide matar a Jesús: el milagro no conduce a la fe, sino al endurecimiento.

La señal de Dios para los hombres es Jesús mismo. Él mismo es el «signo de Jonás». Él, el crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia.

La parábola de los viñadores homicidas (Mc 12,1-11)

En el capítulo 8 del libro, Ratzinger explica la simbología de la vid en el evangelio de Juan. En Isaías 5 aparece la parábola de la Canción de la Viña, donde se describe el abandono de Israel a su Dios. La viña es la esposa, que es Israel. Da frutos pobres porque ha sido infiel a Dios.

Jesús perfecciona este salmo y lo transforma añadiéndole una promesa. Es la llamada Parábola de los viñadores homicidas. Israel ahora es representado por los arrendatarios de la viña, que matan al hijo del dueño. Jesús promete un cambio de arrendatarios. En las anteriores parábolas descritas en este artículo, se hace una Cristología indirecta.

Aquí se hace Cristología directa. Cristo predice su muerte en la cruz. Y esta piedra no será desechada, será la piedra angular del nuevo templo. La imagen de la viña se transforma en templo. El significado más profundo de la parábola: encarnación, muerte y resurrección se manifiestan en toda su magnitud.

La exégesis moderna deja la interpretación de esta parábola en el pasado, en la muerte de Cristo. Pero Dios habla en presente y futuro. Se puede ver el problema de hoy donde hemos matado a Dios y nos hemos convertido en los dueños de la viña.


Notas tomadas durante la lectura:

49% 7.1 Naturaleza y finalidad parábolas: Las de Jesús se diferencian de las de los rabinos o S. Pablo. No son alegorías, describen un único punto dominante.Supera exégesis liberal y escatología inminente, es en realización.Usa fracaso como fecundidad. Cristo es sembrador y semilla (Cruz).Biblia como totalidad.Dimensión humana: acerca realidad y mueve al orador a superar imagen. Expresión carácter oculto de Dios.

51% La parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) ¿Quién es el prójimo? Cristo da vuelta a la pregunta: nosotros debemos convertirnos en prójimo. Trata de amor verdadero, que va más allá de la mera equidad.Para amar, necesitamos a Dios, que se convierte en prójimo a través de Cristo, para que nosotros seamos prójimos.La Iglesia representa la posada.Texto actual. Imagen de la historia del hombre caído por pecado.

54% Parábola del Hijo Pródigo: Sobrepasa momento histórico. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Representa rebelión moderna contra Dios. Hijo pródigo se aleja de su naturaleza, se hace esclavo. Busca libertad radical. Pero recorre camino interior hacia Dios. Padre compasivo convierte ira en acogimiento. Cristo habla en el Padre. Hermano: mensaje para que los piadosos recorran su camino de purificación.

55% Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Aparente inteligencia de ricos y exitosos. A la luz de la verdad, es necedad, ignorancia y ser animal. No condena la riqueza, invita a despertar. Respuesta a petición signos existencia Más Allá. Quien no crea en la Escritura tampoco a un resucitado (Lázaro Betania, matan Jesús) El milagro no conduce a la fe, sino a endurecimiento. La señal de Dios para los hombres es Jesús

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