⚖️ El juicio a Jesús ✝️

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Todas las referencias históricas sobre Pilato lo describen como un tipo duro, pragmático y sin miramientos a la hora de imponer la ley romana. Sin embargo, algo cambió durante el interrogatorio a Cristo. Aquel galileo se decía rey de un reino que no era de este mundo, sin ejércitos y cuyas únicas armas eran la verdad. Aquello debió sorprender a Pilato. El temor de Pilato se acrecienta cuando se entera que el acusado se proclama Hijo de Dios. A partir de ese momento, Pilato trata en vano de liberarle. Veamos cómo sucedió.

El gancho

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Puntuación: 5 de 5.

Ratzinger, mi teólogo de cabecera, aborda el juicio a Cristo en su libro: Jesús de Nazaret: Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Los pensamientos de este artículo están basados en este libro. Este artículo es un resumen de notas sobre este capítulo. Muchos textos son copias del libro.

Debate previo en el Sanedrín

La preocupación del Sanedrín

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En principio, el movimiento de Cristo no despertó preocupaciones en las autoridades judías. Parecía uno de tantos movimientos provincianos. La cosa cambió el Domingo de Ramos porque empezaban a ver los siguientes hechos:

  • Homenaje mesiánico recibido por Cristo
  • Purificación del Templo
  • Anuncio del fin del Templo
  • Cambio radical en el culto
  • Autoridad manifestada por Cristo
  • Amenaza del monoteísmo de Israel
  • Milagros de Cristo
  • Afluencia creciente de seguidores de Cristo

Con Jerusalén abarrotada de peregrinos por la Pascua, las esperanzas mesiánicas de Cristo podrían transformarse en una mezcla explosiva de carácter político.

El Sanedrín debió reunirse antes del Domingo de Ramos. Lo dice Juan como recuerdo histórico que también mencionan los sinópticos. Demostración de que Juan no es un Evangelio abstracto, está basado en hechos. El Sanedrín se reúne para investigar el movimiento popular surgido durante la resurrección de Lázaro.

La preocupación del Sanedrín es política y religiosa. Defender la nación era también una cuestión religiosa porque estaba por medio el templo. También hay una preocupación de la dinastía de Anás y Caifás por conservar el poder. Un poder amenazado por Cristo el día de la purificación del Templo. Cristo denunció el abuso egoísta pero más profundamente dice que el culto antiguo ha terminado. Cristo anuncia una nueva alianza y un nuevo templo en su cuerpo tras la crucifixión.

La profecía de Caifás

Cristo desvincula la religión de la política. Justo lo contrario que Caifás, que las unifica. Para ello, Cristo debe desposeerse de todo poder terrenal para enaltecerse en la cruz. Así aparecerá la nueva comunidad. La cruz responde a una necesidad divina. Caifás sin saberlo es el ejecutor de la voluntad de Dios. Pronunció las palabras decisivas para que se ejecutara a Cristo:

«No comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera»

Profecía de Caifás – Jn 11,50

Juan reconoce explícitamente como punto decisivo en la historia de la salvación el carisma vinculado al cargo de quien lo desempeña indignamente. Existe una contradicción entre la autoridad que corresponde a un cargo y su forma de vida, entre lo que «dicen» y lo que «hacen». En palabras proféticas de Jesús:

«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen»

Mt 23,2s

Función vicaria de Cristo

La profecía de Caifás es de una profunda inspiración profética. Demuestra la función vicaria de Cristo. El mal debe ser expiado para restaurar la justicia. Una persona carga con el castigo del pueblo para llevarlo a la salvación. En el Antiguo Testamento está el ejemplo de Moisés. También se prefigura en Isaías 53 con la figura del Siervo de Dios.

Uno muere por muchos: esta palabra profética del sumo sacerdote Caifás une a la vez las aspiraciones de la historia de las religiones del mundo y las grandes tradiciones de la fe de Israel, aplicándolas a Jesús. Todo su vivir y morir queda sintetizado en la palabra «por».

Jesús además va a reunir a los Hijos de Dios dispersos. Expresa esperanza mesiánica de que los israelitas dispersos por el mundo fueran reunidos. Pero esta reunificación va más allá. Es la unificación de los hijos de Dios, la Iglesia. Los que como Abrahán están en busca de Dios. La nueva comunidad de judíos y gentiles. Los muchos de los que habla Cristo en la Última Cena, los que se dejan llamar por Él.

Jesús ante el Sanedrín

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Cristo es arrestado la noche del Jueves al Viernes en el Monte de los Olivos. Es llevado al Palacio del Sumo Sacerdote, Caifás. Se trata de un interrogatorio más que de un proceso que concluye con la entrega de Cristo al gobernador romano.

Primera acusación: su autoridad sobre el Templo

Se hacen dos acusaciones a Cristo. La primera se refería a las palabras que interpretaban el gesto simbólico de expulsar del templo a los comerciantes y a los animales, que parecía ser un ataque contra el lugar sagrado. El acto en sí no motivó ninguna intervención en aquel momento. Así que lo que Caifás juzga son las palabras de Cristo aquel día. Es decir, se juzga la autoridad que proclama Cristo sobre el templo. Por su destrucción y renovación. Los testigos no tienen versión unánime así que esta primera acusación queda descartada.

Segunda acusación: pretensión mesiánica

La segunda acusación es la pretensión mesiánica de Cristo, con la cual se ponía en cierto modo a la misma altura de Dios. Esta acusación tiene una dimensión teológica pero también política: el templo es la base de la unidad interior de Israel. La pretensión mesiánica es la reivindicación de la realeza de Israel. Por esto se le pone «Rey de los Judíos» en el Titulus Crucis. En el Sanedrín había círculos favorables a la liberación de Israel pero la figura de Cristo no les pareció apta para sus fines.

Llegamos al punto decisivo, la confrontación entre el sumo sacerdote Caifás y Jesús. Hay 3 planos en este momento:

  • Caifás le pregunta sobre su identidad mesiánica.
  • Pedro rechaza a Jesús.
  • Burlas y agresiones de los sirvientes del Sanedrín.

La primera pregunta de Caifás

Según Marcos, la primera pregunta del sumo sacerdote reza así:

«¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Jesús responde: «Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».

Mc 14,62

Que se evite el nombre de Dios y la palabra «Dios», y se sustituyan por términos como «el Bendito» y «el Todopoderoso» es un signo de que el texto refleja las palabras originarias. El sumo sacerdote interroga a Jesús sobre si es el Mesías, y lo define según el Salmo 2,7.

Según Marcos, ante la pregunta de la cual dependía su destino, Jesús responde de manera muy simple y clara: «Sí lo soy» (¿no resuena aquí acaso Éxodo 3,14: «Soy el que soy»?). Sin embargo, con una palabra tomada del Salmo 110,1 y del Libro de Daniel 7,13. Jesús no contradice a Caifás, pero contrapone a su formulación el modo en que Él mismo quiere que se entienda su misión, y lo hace con palabras de la Escritura.

En el mismo momento en que el sumo sacerdote dirige a Jesús en forma de pregunta las palabras de la Confesión de fe de Pedro, Pedro mismo, separado de Jesús apenas por una puerta, asegura no conocerlo. Mientras Jesús emite «la noble confesión de fe» (cf. 1 Tm 6,13), el primero en haberla pronunciado niega aquello que entonces había recibido del «Padre que está en el cielo»; ahora sus palabras son dictadas sólo por «la carne y la sangre».

La segunda pregunta de Caifás

Después, a la segunda pregunta planteada insistentemente por el Sanedrín —«Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?»—, Jesús responde al fin: «Vosotros lo decís, yo lo soy». De todo esto se desprende lo siguiente: Jesús asume el título de Mesías. Caifás rasga sus vestiduras como signo de indignación al escuchar una blasfemia.

Se producen burlas, agresiones y desprecio. Los espíritus débiles y conformistas se hacen fuertes ante la aparente impotencia del acusado. Burlándose de Él y golpeándolo, cumplen literalmente en Jesús el destino del Siervo de Dios (cf. Gnilka, p. 430): la humillación y la exaltación se entrecruzan de modo misterioso. Según Mateo, Jesús había dicho en una paradoja irritante: «Desde ahora veréis…» (26,64). De ahora en adelante comienza algo nuevo. A lo largo de la historia, los hombres miran el rostro desfigurado de Jesús y reconocen precisamente en Él la gloria de Dios.

Pedro reitera por tercera vez que no tenía nada que ver con Jesús. «Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Y Pedro se acordó…» (Mc 14,72) Jesús y Pedro se encuentran. La mirada de Jesús llega a los ojos y al alma del discípulo infiel. Y Pedro, «saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22,62)

Jesús ante Pilato

Jesús había sido declarado culpable de blasfemia, un crimen para el que estaba previsto la pena de muerte. Pero como la facultad de sancionar con la pena capital estaba reservada a los romanos, se debía transferir el proceso ante Pilato. Pasa a primer plano el aspecto político de la sentencia: Jesús se proclama Mesías, una realeza mesiánica que representa un peligro para la pax romana. Se habla de la realeza de Cristo en el diálogo con Pilato.

Es presentado como un malhechor el día de la Parasceve: por la tarde se preparaban los corderos para la cena de la noche. Para ello se requiere la pureza ritual; por tanto, los sacerdotes acusadores no pueden entrar en el Pretorio pagano y tratan con el gobernador romano a las puertas del palacio. Contradicción entre la falsa pureza de la observancia y la verdadera pureza del corazón: a los acusadores no les cabe en la cabeza que lo que contamina no es entrar en la casa pagana, sino el sentimiento íntimo del corazón.

Fiabilidad exegética del diálogo con Pilato

Hay un debate entre los exégetas sobre la historicidad de este texto. Charles K. Barrett se manifiesta extremamente crítico: «Las añadiduras y modificaciones que hace Juan no inspiran confianza en su fiabilidad histórica» (op. cit., p. 511). Sin duda, nadie espera que Juan haya querido ofrecer algo así como un acta del proceso. Pero se puede suponer ciertamente que haya sabido interpretar con gran precisión la cuestión central de la que se trataba y que, por tanto, nos ponga ante la verdad esencial de este proceso.

Así, Barrett dice también que «Juan ha identificado en la realeza de Jesús con la mayor sagacidad la clave para interpretar la historia de la Pasión, y ha resaltado su significado tal vez más claramente que ningún otro autor neotestamentario»

Los acusadores

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WikipediaArchivo:GiveUsBarabbas.png – Wikipedia, la enciclopedia libre

Según Juan los acusadores forman parte de la aristocracia del Templo. Con excepción de Nicodemo. Para Marcos es la masa de gente, partidarios de Barrabás. Mientras los seguidores de Cristo permanecen ocultos por el miedo.

Mateo habla del pueblo entero. Relacionándolo con el terrible destino del pueblo de Israel. Mateo piensa quizás en las palabras de Jesús en las que predice el fin del templo: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Pues bien, vuestra casa quedará vacía».

Analogía entre el mensaje del profeta Jeremías y el de Jesús. Jeremías —contra la ceguera de los círculos dominantes de entonces— anuncia la destrucción del templo y el exilio de Israel. Pero también habla de una «nueva alianza»: el castigo no es la última palabra, sino que sirve para la curación. De manera análoga, Jesús anuncia la «casa vacía».

Sangre de la Nueva Alianza

Ofrece ya desde ahora la Nueva Alianza «sellada con su sangre»: en última instancia, se trata de curación, no de destrucción ni repudio. no clama venganza y castigo, sino que es reconciliación. No se derrama contra alguien, sino que es sangre derramada por muchos, por todos.

Basándose en la fe, se debe leer de modo totalmente nuevo la afirmación de Caifás sobre la necesidad de la muerte de Jesús, también debe hacerse así con las palabras de Mateo sobre la sangre: leídas en la perspectiva de la fe, significan que todos necesitamos del poder purificador del amor, que esta fuerza está en su sangre. No es maldición, sino redención, salvación.

El juez: Poncio Pilato

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Según Flavio Josefo y Filón es de un perfil negativo. Otras fuentes lo describen como resolutivo, pragmático y realista. Los Evangelios dan una imagen positiva que no se corresponde con el contexto histórico. Cargan la culpa de la muerte a los judíos. Roma perseguía con Nerón a los cristianos y por eso no se entiende. Es un hombre que intervenía de forma brutal y que sabía guardar la fuerza pacificadora del derecho romano.

La acusación de que Jesús se habría declarado rey de los judíos era muy grave. Pilato sabía que Jesús no había dado lugar a un movimiento revolucionario. Después de todo lo que él había oído, Jesús debe haberle parecido un visionario religioso, que tal vez transgredía el ordenamiento judío sobre el derecho y la fe, pero eso no le interesaba. Era un asunto del que debían juzgar los judíos.

El proceso

Pilato no tenía nada contra Jesús. La acusación provenía de los mismos connacionales de Jesús, de las autoridades del templo. Para Pilato tuvo que ser una sorpresa que los compatriotas de Jesús se presentaran ante él como defensores de Roma.

De improviso, surge algo en el interrogatorio que le inquieta: la declaración de Jesús.

A la pregunta de Pilato: «Conque ¿tú eres rey?», Él responde: «Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Ya antes Jesús había dicho: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Jn 18,36-37

Esta «confesión» de Jesús pone a Pilato ante una situación extraña.

Este reino no es violento

Concepto absolutamente nuevo de realeza y de reino, y lo expone ante Pilato, representante del poder clásico en la tierra. ¿Qué debe pensar Pilato? El poder de este reinado: la verdad.

¿Qué es la verdad?

Es una cuestión que se sigue planteando en la doctrina moderna de estado. Imposibilidad de poder contar con un consenso sobre la verdad y apoyándose en esto, ¿no se convierte acaso en instrumento de ciertas tradiciones que, en realidad, son sólo formas de conservación del poder? Las grandes dictaduras han vivido a causa de la mentira ideológica y que sólo la verdad ha podido llevar a la liberación. Si la razón de una persona refleja una cosa tal como es en sí misma, entonces esa persona ha encontrado la verdad. Pero sólo una pequeña parte de lo que realmente existe. Santo Tomás dice que Dios es la primera y suma verdad.

El mundo es «verdadero» en la medida en que refleja a Dios, el sentido de la creación, la Razón eterna de la cual ha surgido. Y se hace tanto más verdadero cuanto más se acerca a Dios. El hombre se hace verdadero, se convierte en sí mismo, si llega a ser conforme a Dios. Entonces alcanza su verdadera naturaleza. Dios es la realidad que da el ser y el sentido.

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Dar testimonio de la verdad

«Dar testimonio de la verdad» significa dar valor a Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus poderes. Dios es la medida del ser. En este sentido, la verdad es el verdadero «Rey» que da a todas las cosas su luz y su grandeza. Podemos decir también que dar testimonio de la verdad significa hacer legible la creación y accesible su verdad a partir de Dios, de la Razón creadora, para que dicha verdad pueda ser la medida y el criterio de orientación en el mundo del hombre; y que se haga presente también a los grandes y poderosos el poder de la verdad, el derecho común, el derecho de la verdad.

La irredención del mundo consiste precisamente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo.

Hombre moderno

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En la gran matemática de la creación, que hoy podemos leer en el código genético humano, percibimos el lenguaje de Dios. Pero no el lenguaje entero, por desgracia. La verdad funcional sobre el hombre se ha hecho visible. Pero la verdad acerca de sí mismo —sobre quién es, de dónde viene, cuál el objeto de su existencia, qué es el bien o el mal— no se la puede leer desgraciadamente de esta manera. El aumento del conocimiento de la verdad funcional parece más bien ir acompañado por una progresiva ceguera para la «verdad» misma, para la cuestión sobre lo que realmente somos y lo que de verdad debemos ser.

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Una verdad incómoda

La verdad es molesta hoy día. Llega a ser reconocible si Dios es reconocible. Él se da a conocer en Jesucristo. En Cristo, ha entrado en el mundo y, con ello, ha plantado el criterio de la verdad en medio de la historia. Externamente, la verdad resulta impotente en el mundo, del mismo modo que Cristo está sin poder según los criterios del mundo: no tiene legiones. Es crucificado. Pero precisamente así, en la falta total de poder, Él es poderoso, y sólo así la verdad se convierte siempre de nuevo en poder.

Hablan de la realeza de Cristo. Del Reino de Dios. Es el mismo mensaje de las parábolas de Jesús. La raíz de esto, sin embargo, es la verdad. La realeza anunciada por Jesús en las parábolas y, finalmente, de manera completamente abierta ante el juez terreno, es precisamente el reinado de la verdad. Este Jesús no es un revolucionario político.

El miedo de Pilato

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Si tal vez ha violado la Torá, a él, que es romano, no le interesa. Pero parece que Pilato sintió también un cierto temor supersticioso. Juan dice que los «judíos» acusaron a Jesús de haberse declarado Hijo de Dios, y añade: «Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más» (19,8)

El miedo de Pilato: ¿acaso había realmente algo de divino en este hombre? Al condenarlo, ¿no atentaba tal vez contra un poder divino? ¿Debía esperarse quizás la ira de estos poderes? Su actitud en este proceso no se explica únicamente en función de un cierto compromiso por la justicia, sino precisamente también por estas cuestiones. Obviamente, los acusadores se percatan muy bien de ello y, a un temor, oponen ahora otro temor. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César» (Jn 19,12), es una intimidación. Al final, la preocupación por su carrera es más fuerte que el miedo por los poderes divinos.

Pilato trata de liberarlo con una amnistía pascual que lo da por condenado si no se concede. Hay contraposición entre las figuras mesiánicas de Jesús y Barrabás. La humanidad se encontrará siempre frente a esta alternativa: decir «sí» a ese Dios que actúa sólo con el poder de la verdad y el amor o contar con algo concreto, algo que esté al alcance de la mano, con la violencia. Los seguidores de Cristo permanecen ocultos por el miedo. Aparecerán de nuevo en el Sermón de Pedro.

Ecce Homo

Pilato manda flagelar a Cristo. Una pena durísima en la que muchos reos fallecían. La Sábana Santa muestra la dureza del castigo. Las tres caídas de Cristo y la ayuda de Cirineo, explican que Cristo muriera tan pronto en la cruz. Sin duda debido a la dureza de la flagelación a la que fue sometido Cristo.

Lo coronan de espinas y lo revisten de rey. Rey pantomima que representa la miseria y el pecado del hombre. En Jerusalén se encuentra la Basílica de Ecce Homo, es el lugar del palacio de Pilato donde sucedieron los hechos.

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Wikimedia CommonsFile:Munkácsy Ecce Homo part.JPG – Wikimedia Commons

«Ecce homo»: esta palabra adquiere espontáneamente una profundidad que va más allá de aquel momento. A Jesús no se le puede quitar su íntima dignidad. En Él sigue presente el Dios oculto. También el hombre maltratado y humillado continúa siendo imagen de Dios. Desde que Jesús se ha dejado azotar, los golpeados y heridos son precisamente imagen del Dios que ha querido sufrir por nosotros. Así, en medio de su pasión, Jesús es imagen de esperanza: Dios está del lado de los que sufren.

La sentencia

Pilato vuelve a su puesto de juez. Dice una vez más: «Aquí tenéis a vuestro Rey» (Jn 19,14). Después pronuncia la sentencia de muerte. Sabía, pues, que debería ser absuelto. Al final ganó en él la interpretación pragmática del derecho: la fuerza pacificadora del derecho es más importante que la verdad del caso; esto fue tal vez lo que pensó y así se justificó ante sí mismo. La paz fue para él en esta ocasión más importante que la justicia. La paz no se puede establecer contra la verdad es algo que se manifestaría más tarde.

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